Tengo 13 años. Y una idea que se negó a quedarse solo en mi cabeza.
Cuando llegué a Alemania, extrañé muchas cosas. Pero nada como el olor del domingo por la mañana, ese que viene de la panadería de la esquina con medialunas recién salidas del horno. Acá eso no existía. Y en vez de resignarme, decidí crearlo.
Lo que siguió fueron meses enteros de prueba y error. Masas que no levaban, hornos que me traicionaban, glasés que quedaban duros o que desaparecían al hornear. Sin escuela de cocina, sin recetario profesional. Solo videos, intuición, y una cantidad ridícula de manteca.
Cada tanda fallida fue una lección. Aprendí a leer la masa con las manos, a saber cuándo el horno miente, a entender que la paciencia no es opcional. Es el ingrediente principal.
Cuando por fin salió bien, mis vecinos y amigos no podían creer que las hubiera hecho yo. Y ahí entendí algo importante: esto podía ser un negocio.
Munchi es mi primera aventura como empresaria. Estoy aprendiendo a tomar pedidos, a organizar entregas, a entender qué quieren mis clientes y cómo comunicárselo. Con 13 años, en un país nuevo, en un idioma que también estoy aprendiendo.
Una medialuna a la vez.